El sexo en la ciencia ficción

Por Lino Moinelo

La ciencia ficción suele ser un oportuno telón de fondo para contar historias sobre todo tipo de aspectos de la condición humana. Sin embargo, en muy pocas ocasiones el sexo ha ocupado un lugar preponderante en sus argumentos. Tal vez sea debido a que gran parte de la difusión de este género proviene de países tradicionalmente puritanos, o por la existencia de ciertos prejuicios a la hora de tratar estos temas.

Naturalmente, la presencia del sexo en el género fantástico en general, difiere bastante según la época, la cultura y el tipo de obra de la que se trate. A grandes rasgos, parece que sea difícil de encontrar en las obras pertenecientes a la parte más dura de la ciencia ficción, mientras que en la fantasía épica, en la space opera, o en el manga, es habitual la presencia de multitud de elementos eróticos más o menos evidentes.

Como ocurre a menudo, en las obras de ciencia ficción suelen coexistir dos tramas básicas. Una de ellas de corte especulativo, derivada directamente de la ciencia ficción —y que es por la que se puede incluir a una obra dentro de este género— y otra paralela que puede tratar de cualquier otro tema —política, economía, sociología, filosofía, religión, etc.— y, por supuesto, el sexo. Una vez establecidas las tramas básicas existen tres formas principales de acometer una historia. La primera de ellas consiste en considerar la parte especulativa como un mero escenario, útil para desarrollar una historia claramente desvinculada de este —Alien o Avatar—. La siguiente consiste en amalgamar ambas de forma que la parte especulativa forme parte inseparable de la trama principal, en la que se desarrollan otro tipo de intrigas políticas, amorosas, etc. —Pitch Black—. Finalmente, están aquellas en las que el tronco argumental básico consiste en la parte especulativa, en la parte de ciencia ficción, junto a la cual el resto de los temas suelen ser meros accesorios —2001, Una Odisea del Espacio, Yo, Robot—.

Por supuesto, si se habla del sexo como tema principal de una obra, una mayoría pensará en el porno —vale, yo también—. Salvo la versión pornográfica de Avatar, de la que me acabo de enterar —es cierto, lo juro—, no conozco ninguna otra obra de cine pornográfico ambientada en un escenario de ciencia ficción, pero seguro que hay alguna ya que puestos a excentricidades, como ven, hay de todo. Parece evidente que el tratamiento del sexo en su vertiente más blanda —con perdón— en las obras de ciencia ficción, se circunscribe claramente a las dos primeras formas de las tres citadas anteriormente, ya que apenas conozco alguna obra de ciencia ficción cuyo tema principal sea especulativo sobre el sexo en sí mismo, entendido como un recurso erótico, no el reproductivo. Desde el punto de vista biológico, existen múltiples referencias sobre todo tipo de imaginarias e hipotéticas formas de reproducción, de órganos sexuales y de atributos. Pero no nos referimos a esto, ¿verdad?

Cameron tuvo una estupenda oportunidad en Avatar (2009), su aclamado e «innovador» trabajo, para «ilustrarnos» con alguna interesante especulación sobre cómo una especie alienígena mantiene relaciones sexuales, qué clase de estímulos eróticos pueden tener dos miembros de una especie extraña, supuestamente distinta a la humana y, según quieren hacer parecer, mejor. Pero lo que vino a demostrar es que el sexo, en todo arte cuyos espectadores son humanos, sólo es sexo si es humano también. Y si los parámetros por los que se valora su puesta en escena son los comerciales, más todavía. Hace ya unos cuantos años, recuerdo que me impactó bastante ver a un pato tener relaciones con una hembra... humana —Howard The Duck (1986)—. Aunque esto podría incluirse dentro de los límites de la zoofilia, la verdad es que el pato protagonista tenía bastante poco de pato, y mucho de hombre. Por la forma de mirar a Lea Thompson claro, no por otra cosa (aunque tampoco puedo certificarlo).

Otra cuestión que no se puede obviar, aunque se corra el riesgo de caer en tópicos algo casposos, es el carácter predominantemente masculino de la ciencia ficción, al igual que lo relacionado con el sexo, sobre todo con el pornográfico. Hasta hace no mucho el papel de la mujer en la ciencia ficción, desde el pulp de los años 50, ha sido —como en otras muchas manifestaciones artísticas— el clásico de la bella víctima que espera un «príncipe» rescatador. Es decir, la ciencia ficción en estas obras era poco más que un decorado donde poner en cada vez más extrañas y peligrosas situaciones a una atractiva señorita de largas piernas —King Kong (1933)—, donde la amenaza era la parte más especulativa y propia de la ciencia ficción, como le ocurre a Rachel Welch en Hace un millón de años (1966). En otro sentido hay que mencionar a Planeta Prohibido (1956) que, a pesar de utilizar el mismo recurso, posee un planteamiento pionero y nos presenta una amenaza (Robby, el robot) que se convertiría en uno de los clásicos de este género. Esta situación se rompió en el cine con la llegada de Alien, el octavo pasajero (1979), donde la Teniente Ripley (Sigourney Weaber) acaba con la débil e indefensa imagen que hasta ese momento tenían algunos de las pertenecientes a su sexo.

Otro gran ámbito cargado de incitaciones eróticas es el del cómic, llegando a existir todo un género fantaerótico mucho más definido que en el cine y en donde la mujer ocupa un papel más activo e importante desde sus inicios. Los ejemplos más claros son la francesa Barbarella (Jean-Claude Forest, 1962), las españolas Supernova (V Mora, J. Bielsa, 1972) y Lorna (Alfonso Azpiri), o la exuberante y prodigiosa Druuna del italiano P. Eleuteri. Como se puede comprobar, es Europa la que lleva la iniciativa en este subgénero, aunque en los Estados Unidos se debe destacar especialmente a Den, de Richard Corben, con protagonista masculino. Más recientemente y de forma algo anecdótica, por enlazar con el género superheroico lleno de supercuerpazos y tan proclive a cosas como el big culo day o la chica del viernes, se puede citar al cómic Empowered (Adam Warren, 2007). En Argentina hay una gran tradición del cómic de ciencia ficción, sin embargo, el género erótico no parece haberse mezclado con él, más allá de la tira El regreso de Osiris, de Alberto Contreras.

Para no dejarles con las manos vacías cinematográficamente hablando, y a falta de algún estudioso de cinematecas que añada algo mejor, el único ejemplo realmente de fusión entre el sexo y la ciencia ficción en el cine, es una película argentina de los años 60, La venganza del sexo (Emilio Vieyra, 1969), donde un loco científico necesita de multitud de parejas copulando para extraer determinada sustancia que le permitirá convertirse en una especie de monstruo. No, no pongan esa cara, que es así.

Pero ya que estamos con mezcla de géneros y aprovechando que se ha estrenado recientemente Cowboys & Aliens (Jon Favreau, 2011), hay otra película anterior absolutamente demencial que no sólo mezcla también estos dos géneros sino que le añade la nada despreciable característica de tener como argumento principal a una cowgirl que ha de defender un pueblo del sur de los EE.UU. de un ataque alienígena, y cuyo principal aliciente consiste en ver a sus semidesnudas protagonistas (Alien Outlaw, 1985).

Para acabar, y continuando con los estrenos, El Origen del Planeta de los Simios (Ruper Wyatt, 2011) nos trae a la memoria una simple, pero importante, manifestación sexual en el cine. Aunque algunos me llamarán romántico, si hay un beso importante en la historia del cine de ciencia ficción, tanto o más que el interracial de James T. Kirk a la bella Uhura, ese es el de George Taylor (Charlton Heston) a la doctora Zira (Kim Hunter) en El Planeta de los Simios (1968). Puro simbolismo.

Originalmente publicado en Al final de la Eternidad

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