Lo-que-hay-abajo

Relato de Iván Guevara

Ilustrado por Txiki González
Comprobé la existencia del alma humana por contraste, porque conocí a los únicos humanos sin alma. No sé si es tangible ni de qué está hecha pero, desde luego, hay algo más en nosotros que aquello que puede ser duplicado en un laboratorio.

Estoy viejo y la memoria comienza a jugarme malas pasadas. Tendemos a olvidar, especialmente los errores, para poder seguir adelante. Antes de que mi mente lo confunda todo en el indulgente reposo de la senectud, quiero dejar por escrito el oscuro motivo de mi vergüenza. Esto es una advertencia para la posteridad; no pretendáis crear vida inteligente, no volváis a intentar lo que yo hice.

Sucedió hace treinta años. Yo dirigía un equipo en el Centro de Investigaciones Genéticas. El proyecto en el que trabajábamos desde hacía una década estaba catalogado como Secreto de Estado. Habíamos clonado y manipulado genéticamente a la mayoría de especies conocidas y solo un prurito ético —con sus correspondientes trabas legales— ponía freno a nuestra curiosidad, a nuestra sed de conocimientos, a la ambición que (como humanos que somos) se escondía en nuestros corazones desde el principio de los tiempos: jugar con la posibilidad de convertirnos en dioses. Pero las leyes pueden ser modificadas y, poco después, estuvimos en condiciones de dar el último paso; engendrar vida artificial a partir de los elementos más básicos.

Las proteínas creadas en laboratorio ya eran muy comunes y variadas entonces. Trabajamos en ellas durante años, fusionándolas entre sí y sometiéndolas a diferentes condiciones climáticas. Así logramos las primeras células funcionales, que combinamos en tejidos cada vez más complejos. Contando con un presupuesto prácticamente inagotable y sin ninguna instancia superior a la que rendir cuentas, repetir el código genético humano fue solo cuestión de tiempo. Ojalá nos hubiésemos conformado con repetirlo. Además quisimos perfeccionarlo. Pudimos haber creado vida inteligente desde la nada, pero no, quisimos que fuese superinteligente.

El resto del proceso no resultó más complejo que una clonación de rutina (los óvulos artificiales existían desde hacía siglos). Luego de apenas un centenar de intentos, conseguimos los primeros embriones que podríamos llamar «humanos». Las criaturas se gestaron en el décimo subsuelo del Centro, como proyecto confidencial. Sólo tres personas conocíamos cada etapa del proceso; Miguel Ferreyra, mi esposa Sara y yo. Fuera de nosotros, nadie sabía siquiera que el edificio tuviese un décimo subsuelo. Incluso el Gobierno, que nos subvencionaba, ignoraba el resultado de la mayoría de nuestros experimentos.

El proyecto no tenía nombre. Tan secreto era. Entre nosotros, nos referíamos a los embriones como Lo-que-hay-abajo.

Lo-que-hay-abajo era monitoreado ininterrumpidamente por robots y, cuando era necesario, uno de nosotros bajaba a supervisar. A pesar de que cada día agregábamos nuevos cultivos, sólo dos de los fetos evolucionaron exitosamente.

El primero en terminar su gestación fue Jack, a los quince meses. Habíamos aprovechado los adelantos de la mecánica biomática y usábamos los meses adicionales para transmitir a la criatura nociones culturales básicas. Cuando Jack «nació» hablaba, leía y escribía en ocho idiomas diferentes y resolvía ecuaciones de cuarto grado. Seis años más tarde, ya ninguno de nosotros podía enseñarle nada.

Alina había «nacido» un año después que Jack y, aparentemente, su desarrollo era similar al de él. Es decir que no sólo habíamos tenido éxito al crear vida inteligente sino que —además— habíamos superado el potencial intelectual de cualquier humano nacido de mujer. ¡Aquel era un paso enorme en la evolución de la especie!... O al menos eso creímos entonces.

—Hay algo muy extraño en Jack —me dijo Sara una tarde—. Ha adquirido conocimientos que no le han sido inculcados.

—Tal vez hayamos dejado algún libro olvidado en su habitación, es un niño ávido de saber...

—Nada de eso. La mayoría de estos nuevos conocimientos están relacionados con Genética y Biología. Miguel y yo creemos que, intuitivamente, ha aprendido a sondear nuestras mentes. En el punto al que hemos llegado, cada vez es más difícil satisfacer su curiosidad y está desarrollando estrategias cognitivas que desconocíamos hasta hoy.

—Pero, si eso es cierto, su capacidad de saber es virtualmente ilimitada...

Sara vaciló. Sabía que yo había dedicado mi vida al proyecto y que me dolería oír lo que diría a continuación.

—Eso no es todo, Luis... Tan maravillados estábamos con las capacidades de Jack que hemos pasado por alto un detalle fundamental... Él fue creado por nosotros. Parece humano, pero puede que no lo sea... Ambos hemos notado la manera en que aprende lo que le enseñamos. Es como sí grabara los datos en su memoria. Jamás se le olvida nada pero, en general, es incapaz de aplicar los conocimientos para fines prácticos, todo se lo tenemos que explicar...

—¿Qué estás diciendo?... Es un muchacho introvertido. Tal vez por no conocer a demasiadas personas, le cuesta relacionarse ¡pero por supuesto que es humano!

—Su encefalograma continúa sin registrar variaciones. Sólo se interesa por la gente cuando sabe que aprenderá algo. Es incapaz de empatizar con nadie... Lamento ser yo quien te lo diga, Luis. Jack se comporta como un robot; guarda la información sin asimilarla para luego utilizarla a su conveniencia. Y Alina no parece seguir una estrategia diferente.

Discutí con Sara y volví solo a casa. Me negaba a aceptar que habíamos estado trabajando todos esos años para perfeccionar una máquina. Ojalá le hubiese hecho caso. Tal vez hubiésemos podido envejecer juntos...

Sucedió el miércoles de la semana siguiente. Miguel vino a darme la noticia. Había encontrado abierto el portal de Lo-que-hay-abajo. Sara estaba allí, inerte como un vegetal. Jamás se recuperó. Jack se había fugado, llevándose a Alina con él. Supimos por el registro de video que Sara había compartido sus teorías con él.

—Creo que ya es tiempo de salir al exterior —le había dicho Jack—. Aquí no queda ya nada nuevo que aprender.

—No, Jack —dijo ella—. Tú no puedes salir de aquí.

—¿Realmente pensáis que tenéis algún control sobre nosotros?

Los ojos de Jack se tiñeron de un brillo amarillento que no he vuelto a ver desde entonces. Habló con una furia imposible en una criatura de siete años:

—¡Ábrenos la puerta para ir a jugar! —dijo.

Sara le obedeció como una autómata. Interrumpió todas las medidas de seguridad y permitió que los niños salieran al exterior. Luego de eso, ya no volvió a mover un músculo.

Ese mismo día comenzaron a sucederse los crímenes. Fue un escándalo en todos los medios de comunicación. Hacía más de doscientos años que no se cometía un asesinato.

Primero fue un mendigo. Un testigo aseguró haber visto a dos niños prendiéndole fuego con un soplete. Poco quedó del pobre hombre. Luego le llegó el turno a una anciana que iba al parque a dar de comer a las aves. La degollaron limpiamente con una oz. Después, un borracho que salía del bar, dos vendedores que regresaban de jugar al tenis, unos muchachos que salían a divertirse...

Sara tenía razón: Jack no era humano y Alina era igual que él. Habíamos creado monstruos sin corazón que parecían gozar con el sufrimiento ajeno.

Entonces supe de la existencia del alma. Algo que habíamos pasado por alto cuando desarrollamos el proyecto. La vida existe gracias a continuos procesos químicos pero no es sólo un proceso químico. Los místicos de antaño habían intuido la verdad. Podíamos conseguir que un motor biológico funcionase, pero eso no lo convertía en un ser vivo. Jack era ahora una amenaza para la humanidad y toda la culpa era mía. Lo-que-hay-abajo jamás había estado vivo. Sólo mi orgullo me había hecho creerlo así.

Tres días con sus noches duró la masacre. Las fuerzas del orden no lograban reducirlo porque utilizaba su poder psíquico para controlarlos a voluntad. Hubo que apelar a una tropa de robots del ejército para acorralar a los desalmados (los robots no tienen voluntad). Mataron a Jack y Alina en el momento exacto en que iban a desollar a la cajera de una gasolinera.

La identidad de los cadáveres de los niños fue un misterio que ningún perito pudo resolver. Miguel y yo recibimos instrucciones de no revelar jamás los resultados de nuestro trabajo.

Cuando el Gobierno canceló el proyecto, había otros dos embriones en gestación en el décimo subsuelo —un macho y una hembra—. Las incubadoras no fueron destruidas. Habían invertido cientos de millones en Lo-que-hay-abajo y querían sacar algún provecho de ello.

Los embriones fueron criogenizados y enviados al Espacio en el más absoluto secreto. Se buscó para ellos un planeta poblado de vegetación y especies animales primitivas. Cada noventa días, desde entonces, recibimos un informe de los ordenadores de a bordo. La inteligencia de esas criaturas es prodigiosa. A la edad de ocho años ya se servían de herramientas y, sin que nadie se los enseñara, habían desarrollado un idioma para comunicarse entre sí.

Agradezco no poder vivir lo suficiente para ver la evolución de la sociedad que iniciarán. No quiero saber cuántas generaciones necesitarán para acabar con su propia especie ni cuántas otras especies aniquilarán antes de que eso suceda.

Los niños ya han cumplido quince años y el último informe dice que acaba de nacer su primer hijo. Lo llamaron Caín. Por suerte estoy viejo y la memoria comienza a fallarme. No soportaría ver la magnitud del mal que he creado.

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