Todos eran Fernando

Relato de Iván Guevara

Ilustrado por Germán Pasti
Hacía tres soles que vagaba sin rumbo por Sinus Meridiani. Tal vez penséis que debí haber esperado a que viniesen a rescatarme. Eso es porque nunca habéis estado en ese lugar. Si lo estáis barajando como destino para vuestras próximas vacaciones ya podéis ir descartándolo, no sería una buena idea, creedme. Mi helicóptero —o lo que quedaba de él— estaba completamente destrozado. La radio estropeada y las luces inutilizadas. Hubiese muerto de frío, calor, inanición o deshidratación mucho antes de que lograran localizarme. Aquello es un desierto inhóspito, apenas explorado, y muchas veces las condiciones climáticas lo hacen impracticable incluso para las naves de rescate.

El único equipo que había podido salvar era el uniforme que llevaba puesto y mi tubo de rayos —como si fuera a servirme de mucho en un sitio donde no había caza ni enemigos contra quienes utilizarlo—. Sin aparatos de medición mi única referencia era el Sol, así que aprovechaba los momentos en que era visible para comprobar que no me había desviado de mi trayectoria —caminaba hacia el oeste con la esperanza de llegar al último puerto turístico de Sinus, inaugurado por la Corporación Terrafutura años atrás—. Mis provisiones se habían reducido a dos barritas energéticas de 120 gramos y nada de agua. Nada de agua desde que mi helicóptero se había estrellado, así que id llevando la cuenta.

Las alucinaciones habían llegado a mitad del segundo sol, junto con la certeza de encontrarme perdido. Pensé en la ironía de haberme extraviado cuando en realidad mi misión era rescatar a Fernando... Pobre Fernando. No podía ni imaginar cuál habría sido su destino, teniendo en cuenta que llevaba perdido el doble de tiempo que yo —y a mí no me quedaba más que un resto de fuerza (y muy poco juicio), que me obligaba a caminar de manera automática, como un zombi—.

Mis pensamientos fueron interrumpidos por una imagen, a lo lejos, hacia el sur. ¿El sur es la dirección en la que apuntan las brújulas?... ¡Da igual! Ni siquiera estoy seguro de que fuera el sur —no se veía el Sol— ni de que una brújula me hubiese sido de gran ayuda. La tormenta de la noche anterior había dejado una fina neblina rojiza que lo envolvía todo pero pude distinguirlo en la distancia: Era un caballo. ¿Un caballo? ¿A quién demonios se le había ocurrido llevar caballos a aquellos parajes dejados de la mano de Dios?... No me iba a detener a averiguarlo. Corrí hacia el animal —¿hacia el sur?— lo más rápido que pude. Si el caballo pudo sobrevivir, significaba que en alguna parte debía haber agua... Y seres humanos, claro, ya que era imposible encontrar caballos en estado salvaje por aquellas regiones.

A medida que me acercaba la niebla se iba haciendo más densa, me costaba distinguir la figura. Corrí con los ojos cerrados para que el polvo no me los irritara... Suponiendo que el caballo también estuviese perdido podría intentar montarlo, amarrarme a él. Dad por seguro que el animal podría orientarse mucho mejor que yo, aumentando exponencialmente mi chance de salir vivo de aquel desierto... De pronto, fui aturdido por un fuerte zumbido, que me obligó a detenerme. Perdí el equilibrio y atiné a dejarme caer sobre mis rodillas. No sé cuánto tiempo pasé intentando estabilizar mi cuerpo para volver a ponerme de pie. Abrí los ojos.

No había nada. Ni niebla, ni caballo. Nada. Otra vez las alucinaciones... Estaba metido en una depresión del terreno —rodeado por paredes de roca— y debía salir de allí antes de perder por completo la percepción de realidad. Al principio, por las últimas lecturas de mi equipo, creí que se trataba del Airy; pero luego lo descarté ya que hay una ruta turística regular que pasa por allí y no hubiese podido dejar de ver las naves. Así que estaba en algún cráter sin identificar. Seguí andando hacia el sur porque noté que había un sector donde la cuesta no era tan empinada y podía ser escalada.

A mitad de camino vi un reflejo de agua.

¡Agua! ¡El agua que había estado bebiendo el caballo!

Intenté serenarme, sin interrumpir la marcha, para analizar fríamente la situación. No podía ser un espejismo porque no había sol —es más, las nubes que cubrían el cielo eran más densas de lo habitual—. También hay que decir que mi mente, como había quedado demostrado, no necesitaba de ningún fenómeno físico para desbocarse en fabulaciones.

A cincuenta metros, pude divisarlo claramente: Era un Lago. Un puto lago en el desierto, era demasiado bueno como para no desconfiar... Aunque, si el caballo era real, pudo haber acudido a abrevar en sus aguas y allí lo encontraría. Alucinación o no, no veía ningún otro sitio al que me apeteciera ir.

Aguas cristalinas, aunque turbias en el fondo... Fijaos qué curiosa es la mente humana: en lugar de abalanzarme a beber, me asomé al lago para ver mi reflejo. No preguntéis por qué, simplemente sentí el deseo de verificar mi aspecto luego de casi cuatro soles a merced del árido clima ecuatorial.

No lo vais a creer. No era yo... ¡El del reflejo era Fernando!

—No lo hagas —me decía Fernando, o su reflejo—. No lo hagas, Walter... No bebas... Es una trampa.

¡Otra vez las putas alucinaciones!

Decidí no hacerle caso. Después de todo era obvio que él no estaba allí, pero el agua, aún estaba por verse. Hundí las manos en el lago que no era una charca cualquiera, no vayáis a creer, tenía su buen par de metros de hondo por quince de diámetro.

El agua estaba tibia. Casi me alegré al comprobarlo. Si hubiese sido una alucinación estaría fresca, sería ideal, ¡pero estaba tibia!... La temperatura justa que correspondía al clima de los últimos días. Hice un cuenco con mis manos y las elevé para beber. Imaginaos la culpa que debía sentir por no haber podido ayudar al pobre Fernando, que se me seguía apareciendo en el agua recogida en mis manos. Ya no hablaba, pero su expresión de pánico lo decía todo. De haber sido supersticioso habría creído en una aparición de ultratumba. Lo cierto es que la deshidratación podía explicar el delirio... Y lo más probable es que nunca volviese a ver a Fernando.

—Lo siento, amigo —murmuré­—. Dios sabe que hice todo lo que pude...

Y bebí. Bebí con avidez, con fruición, con el ansia de quien prueba agua por primera vez. Inodora, incolora e insípida. Como tenía que ser. La más gloriosa combinación de sensaciones a pesar de la temperatura o —quizá— gracias a ella. Bebí hasta hartarme y me tendí a la orilla del lago, entornando los ojos, aunque sin llegar a dormirme.

Me sobresaltó, rato después, un resoplido a mis espaldas. El caballo había regresado en silencio e investigaba mi presencia. Era un alazán de pelaje brillante y estaba limpio —a pesar de la tormenta de polvo—. Llevaba unas finas riendas de carrera sujetas a la cabeza. Lo dicho, debió haberse extraviado. No opuso resistencia cuando lo acaricié. Era obvio que estaba más que acostumbrado al contacto humano.

Mientras el animal bebía, aproveché para llenar mi cantimplora. Sujeté sus riendas con movimientos suaves y logré montarlo. Apenas se alteró. Cuando estuvimos listos, iniciamos la marcha. Al trote, para no cansar al caballo, llegamos a la cuesta del sur. La pendiente era menos pronunciada aún de lo que me había parecido desde lejos y hasta había un camino vagamente definido. Subimos sin dificultad.

Una vez en la llanura, aflojé las riendas y el caballo comenzó a trotar por su cuenta. Confié en su instinto. Si bien el cielo no se había despejado, logré ver los destellos de la puesta de sol. Hacia allí nos dirigíamos. Poco a poco fui recobrando el sentido de la orientación y tomé nuevamente las riendas. Había comenzado a oscurecer y se veía una luz diáfana en el horizonte.

Ya se había hecho de noche cuando llegamos a Puerto Sinus Meridiani.

Bajé del caballo y entré a la oficina de información turística. La chica que me atendió se sorprendió por mi aspecto.

—¡Señor!... ¿De dónde viene en ese estado?

—Estuve perdido en el desierto... Me llamo Walter Meré. Sargento Walter Meré de la Base Militar Eos Chasma. Mi helicóptero se derrumbó, no sé bien dónde... Creo que necesito un médico...

Apenas podía tenerme en pie. La tensión acumulada en esos cuatro soles pareció liberarse de golpe, haciéndome presa de un cansancio incontrolable. La muchacha llamó a enfermería. No tardaron en venir a buscarme.

—Quédese tranquilo, señor —dijo un enfermero mientras me sujetaba del brazo para impedirme caer—. ¿Cuánto tiempo ha estado en el desierto? ¿Cómo ha llegado hasta aquí?

Con gran esfuerzo pude mantener los ojos abiertos pero la vista se me nublaba.

—Mi caballo... Lo he dejado fuera...

—¿Caballo? ­—pareció extrañarse­—. Es imposible... ¿Quién traería un caballo hasta aquí?

—Lo mismo pensé yo —le dije—, pero evidentemente alguien lo trajo y se ha adaptado al...

De pronto pude ver con claridad.

¡El enfermero era Fernando!

—¡Fernando!... ¿Qué haces aquí?... ¿Cómo has logrado salvarte?...

—¿Qué dice?... Está delirando. Yo no me llamo Fernando —dijo Fernando—. Doctor, venga pronto... Necesitamos llevarlo urgentemente a enfermería.

Un médico acababa de entrar, junto a otro enfermero. El médico también era Fernando. Se le cayó un ojo cuando me miró y del hueco comenzaron a salir gusanos.

—Tranquilícese, por favor —dijo. Y más gusanos salieron de su boca putrefacta—. Prepara una ampolla de Valium...

El otro enfermero sacó una jeringuilla. Él también era Fernando agusanado. Y el primer enfermero. Y la chica... Todos eran Fernando muerto y en descomposición.

—Me dejaste morir —dijo un Fernando y la mandíbula inferior se desprendió de su cara.

—¡Perdón, amigo!... No pude hacer más...

—Lo pagarás, Walter —dijo otro de los Fernandos.

Me rodearon. Una nave turística acababa de descender en la pista de aterrizaje. De pronto supe dónde estaba. Aquella era la antesala del Infierno. Fernando no era mi amigo, eran demonios con forma de Fernando que habían llegado para arrastrarme a la muerte.

Empuñé mi tubo de rayos y disparé contra uno de ellos que salió expulsado hacia atrás, aterrizando sobre la camilla que habían traído para mí. No volvió a moverse... ¡Los demonios podían morir!

Disparé contra otro que cayó carbonizado. De la nave turística comenzó a bajar más gente. Y todos eran Fernando. Una legión de Fernandos clamando venganza.

Me volví para acabar con los dos que quedaban en la oficina y salí para enfrentarme al resto. ¡No lo tendrían nada fácil!...

Disparé contra todos los Fernandos que gritaban horrorizados. Algunos corrían a ocultarse tras los edificios o las rocas cercanas. Ya no me atacaban. Igualmente seguí disparando hasta asegurarme de haber eliminado a la primera línea de zombis Fernandos y luego monté en el fiel alazán, que había acudido en mi ayuda.

Huí nuevamente hacia el desierto. Allí les sería más difícil localizarme y yo ya conocía un poco mejor aquellos parajes. Al menos sabía dónde encontrar un lago. El caballo galopaba como un poseso. Casi no necesité guiarlo, conocía el camino mejor que yo...

Cuando llegamos al lago, comenzó a corcovear hasta que me derribó y fui a dar a las aguas, donde me hundí perdiendo el conocimiento.



Varios soles después, un policía uniformado se acercó a la orilla.

—¡Sáqueme de aquí! —le dije.

—¿Y esto?... ¿Quién eres tú?

—Sargento Walter Meré... Base Militar Eos Chasma...

El hombre no parecía escucharme.

—El loco de la masacre del puerto turístico—. No sé si lo dijo o lo pensó—. Llevamos tanto tiempo buscándote que ya te veo hasta en mi reflejo...

El policía hundió su cantimplora en el lago para llenarla. De pronto comprendí lo que iba a suceder.

—¡No haga eso! —grité desesperado—. ¡No beba el agua!... ¡Es peligrosa!...

Haciendo caso omiso, pegó un buen trago.

—¿Me hablabas? —preguntó otro policía que también se estaba acercando a llenar su cantimplora.

—Nada —dijo el primero—. Delirios del desierto...

Me dejaron solo. Pero supe que pronto volvería a saber de ellos.

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