Sultán

Relato de Iván Guevara

Ilustrado por Semilla Bucciarelli
Atravesó la manga cilíndrica que unía la nave con la cámara de descontaminación del Puerto Espacial de Sinus Meridiani.

—Mel Wayne está fuera esperándole —dijo la voz mecánica del ordenador que daba la bienvenida a los exploradores.

—Gracias, guapa —respondió Sergio Ross—. ¿En cuánto tiempo estaré listo para tomar contacto con la civilización?

Una hora después, Mel esperaba ansioso en el bar del Puerto Espacial.

—Ya no mires el reloj —dijo Sergio a sus espaldas—. Estoy aquí. Es notable la impuntualidad de estos puertos, por más adelantos tecnológicos que se hagan.

—¡Sergio! —exclamó Mel poniéndose de pie—. ¡Me cago en tu estampa! ¿De veras eres tú?

Se abrazaron con la fuerza que sólo dan el tiempo y la distancia.

—¡Cómo te hemos echado de menos, hijo de puta!... Aunque seguramente tú eres quien más ha sentido la soledad, allá arriba...

Sergio se sentó a la mesa, frente a Mel.

—Es verdad que no he visto demasiada gente en estos años... Por suerte mi trabajo poco tiene que ver con las relaciones públicas.

—Pero supongo que en todo este tiempo...

Mel Wayne observó a su viejo amigo silencioso y distante y supo que, de alguna manera, el espacio lo había cambiado para siempre, convirtiéndolo en el típico ermitaño estelar que tantas veces había visto deambular por los parajes de Marte.

—No es tan dura la soledad cuando uno se acostumbra —dijo Sergio tras su nueva coraza de autosuficiencia—. Uno aprende pronto a ser su propio compañero...

Un robot-camarera se había acercado a la mesa.

—¿Qué tal está la cerveza? —preguntó Sergio señalando con un ademán el vaso vacío de su amigo.

—Abominable, como siempre...

—Reconforta saber que algunas cosas siempre seguirán siendo iguales...

Pidieron dos jarras.

—¿Quieres decir que en estos ocho años no has estado en contacto con nadie?

—No hay que exagerar... Durante el tercer año pasé cerca de las coordenadas de una nave–burdel y disfruté de la compañía de una bella damita...

—¿Una vez en ocho años? ¿Te follas a una tía en ocho años y lo consideras normal?...

—¡Tú nunca cambiarás, viejo lobo de mar!... Pero para el resto de la gente los placeres carnales no lo son todo en la vida...

—Olvídate del sexo...

—Lo he olvidado hace tiempo...

—No puedes haber visto a una sola persona durante unas horas en los últimos ocho años y seguir manteniendo tu salud mental. La sola idea de semejante incomunicación...

—Es verdad —lo interrumpió Sergio, mientras daba un sorbo a la jarra de sucedáneo de cerveza que el robot-camarera acababa de dejar frente a él—. La cerveza del Puerto Espacial sigue sabiendo a meados... Sin duda hubiese enloquecido, Mel. Si conseguí mantenerme cuerdo ha sido por el cariño incondicional de Tom.

—¿Tom?

—Mi fiel perrobot...

—¿Un perrobot?... ¡Esos bichos no son seres vivos, amigo!...

—¡No deberías hablar de ese modo!... Debes conocer a Tom para saber de lo que estoy hablando... Esa mascota está tan viva como tú, o como yo. Solía despertarme cada mañana para que jugase con él... Mueve el rabo cuando me ve sonreír y le encanta que lo acaricie detrás de las orejas... Es un perrobot, sí, pero tiene un corazón mucho más noble que el de la mayoría de los hombres que conozco...

—¡Joder, Sergio! Es un robot ¡Una máquina!... Está programado para actuar como un perro. No tiene vida.

—Te equivocas. Pasé ocho años conviviendo con mi perrobot, y puedo asegurarte que lo vi ponerse contento cuando yo jugaba con él, enfermarse cuando algo no andaba bien en sus circuitos, gemir de hambre cuando se descargaba su batería...

—¡Claro que sí!... ¡Está programado para hacer esas cosas!...

—Te desconozco, Mel. Estás hecho un insensible... Déjame hacerte una pregunta; ¿Tienes algún perrobot en tu casa?

—Bueno... Los animales verdaderos son caros de mantener en Marte... Hemos comprado un perrobot para cuando Abril cumplió tres años. Fue un capricho de mi mujer, no creas que yo...

—Vayamos a tu casa. Te demostraré que es cierto lo que digo. Además, estoy seguro de que tendrás algo mejor para beber.

—Es ridículo, pero si insistes...



«Un robot, el mejor amigo del hombre», pensaba Mel mientras bajaba del helicóptero, que había dejado aparcado en el desierto a cincuenta metros de su chalet. No podía quitarse de la cabeza la idea de que las estrellas habían vuelto loco a su amigo.

—Es allí —dijo, señalando hacia adelante—. ¿La recuerdas?

—Ha pasado tanto tiempo...

A esa hora Mirtha y Abril estaban fuera. Mel pasó su mano por el lector biométrico y la puerta principal se abrió. El perrobot ladró un par de veces, dando saltos de alegría alrededor de su amo.

—¡Que animalito tan encantador! —dijo Sergio, conmovido por primera vez desde que pisara suelo marciano­—. Mira qué contento se puso al verte regresar—. Estiró una mano hacia el robot, que la olfateó receloso—. Es normal que desconfíe, no me conoce.

—Es un robot, Sergio... Está programado para hacer eso...

—¿Cómo se llama?

—Sultán. Y te atacaría a mordiscones si le doy la orden de hacerlo.

—No lo haría —dijo acariciando al perro—. Sultán es un buen muchacho, ¿verdad que sí?.

Pasaron a la sala y Mel llenó un par de vasos con Whisky de la Tierra.

—Nos sentará bien algo fuerte luego de esa porquería sintética.

Sultán jugueteaba con los zapatos de Sergio.

—Gracias, amigo... Se ve que aún es un cachorro, le gusta jugar.

—Está programado para hacer eso.

—No puedes seguir negando que está vivo, Mel. Es tu mascota, te tiene cariño.

El perrobot buscó un tomacorriente al cual conectarse.

—Mira lo que hace ahora. Tiene hambre...

—No digas tonterías. El más elemental medidor de batería puede hacer que el robot busque una fuente de energía cuando la necesita.

—¿Tan seguro estás?... Intenta desconectarlo y verás qué sucede.

Sultán había sacado un enchufe de una de sus patas delanteras y se había conectado al tomacorriente. Mel se acercó a él y lo desenchufó. El perro gruñó.

—Pero qué... ¿Es que no me reconoce?

—A ningún perro le gusta ser molestado mientras come...

—¡Bah! —Dijo Mel dejando al perro nuevamente en el suelo—. También será parte de su programa. Los hacen así para que parezcan más reales.

—¿Eso crees? Entonces ¿Por qué no intentas ponerlo con las patas hacia arriba y abrir la portezuela de su estómago. Quedará indefenso pero no está preparado para comprender ese peligro.

Mel comenzaba a fastidiarse.

—¡Terminemos de una vez con todo esto!— dijo mientras alzaba en brazos a Sultán. Apoyó su dedo pulgar sobre la portezuela, que tenía un detector biométrico. Se escuchó un chasquido.

—Ha reconocido la mano de su amo —dijo Sergio—. Ahora retira la tapa, no sucederá nada.

Mel obedeció y los circuitos del robot quedaron al descubierto. Por un momento le pareció que Sultán lo miraba de una forma extraña, como si intuyese el peligro. Aunque probablemente no era más que el fruto de su imaginación... Sergio se acercó ofreciéndole su vaso de whisky. Aún no lo había probado.

—Toma —le dijo­—. Vacíalo dentro del perrobot. Provocarás un cortocircuito. Seguramente sufrirá una breve agonía antes de quedar inutilizado. Pero eso a ti no te importa ya que crees que las máquinas no pueden tener sentimientos.

Mel tuvo un instante de duda.

—Coge el vaso, vamos, termina de una vez lo que comenzaste. Nada malo puede suceder, después de todo no es más que un robot...

Mel dedicó una última mirada a su mascota antes de verter el líquido sobre sus circuitos. El perrobot comenzó a sacudirse como si sufriese algún tipo de espasmo nervioso.

—¡Mierda! —exclamó Mel, alejándose de Sultán pero sin poder apartar la vista de esos ojos vidriosos, asustados. El perrobot parecía implorar su clemencia, como si se diera cuenta de lo que estaba sucediendo, como si sufriera, como si estuviese vivo. Espantado, intentó convencerse a sí mismo de que el robot actuaba siguiendo un programa. Pero el miedo que había en esos ojos no podía haber sido creado artificialmente. Mel comprendió, de repente, que él había provocado el cortocircuito. Lo estaba matando. «¿Matando?», se preguntó y el perro gastó sus últimas energías en un gemido de angustia. Mel comprendió por vez primera su dolor. Lo comprendió pero no lo soportó. Salió disparado hacia el lavabo. «Soy un asesino», pensó. Su rostro había perdido el color.

Sergio se acercó al perrobot con una pequeña caja de herramientas. Mientras tanto, Mel no podía dejar de vomitar. Más tarde, seguramente, echaría la culpa a la cerveza del Puerto Espacial.

—Tranquilo, pequeño, yo te curaré —susurró Sergio mientras secaba el interior del perrobot con un chorro de aire caliente—. A partir de hoy tu amo te tratará como te mereces.

El daño había sido superficial. Sería fácil de reparar. Mientras trabajaba con una pequeña soldadora, Sergio intentó comprender a la gente de las colonias. Tan egoísta, la gente, tan incapaz de conectar con el resto de los seres vivos y a la vez tan necesitados de otros seres vivos.

Ahora lo sabía. Dejar de lado su cuerpo humano antes de partir rumbo a las estrellas fue la decisión más sabia que pudo haber tomado. De otra manera ¿quién sabe si hubiese regresado con vida?

Cerró la portezuela de Sultán y el perro comenzó a corretear por la casa, como si festejara la vida recuperada.

Mel continuó abrazado al inodoro durante cuarenta minutos.

2 comentarios:

  1. ¡Qué grato y sorpresivo me ha sido leer tu cuento! La narración ha sido amena y me tenia muy intrigado el camino al que iban a llegar los acontecimientos. Además es una historia bastante emotiva. ¿Hay otros cuentos tuyos por acá? Por cierto, te dediqué unas líneas en mi último post.

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  2. Me alegro que te haya gustado. Hay unos cuantos relatos más (fíjate en la etiqueta “Relato”), la mitad son míos y también hay algunos de Ismael Rodríguez que es un talentoso de verdad. Te recomiendo el que se llama “La estirpe de las tejedoras”, no tiene desperdicio. La idea es publicar cuentos más seguido y presentar nuevos autores (veremos si puedo solucionar el temita del ilustrador, que es lo que me está fallando en estos momentos).
    Ahora mismo me doy una vuelta por el Cubil (me tienes intrigado). Un abrazo.

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